SOY FIKO ALIAGA

Desde pequeño me moví entre libros y montañas. La fantasía agudizó mi imaginación y me convirtió en un explorador de lo a priori imposible.
El movimiento y la palabra fueron siempre mis dos lenguajes, dos formas distintas de buscar lo mismo: entender la experiencia humana, sentirme parte del misterio que nos sostiene.
Comencé mi práctica de yoga en 2017 y, con los años, descubrí en ella algo más que una disciplina física: una vía de autoconocimiento, una manera de estar presente en lo único real: el momento presente. En 2019 comencé a enseñar Ashtanga Yoga y a integrar en mi práctica otras formas de movimiento —Black Lotus, calistenia, movilidad, animal flow— que me ayudan a explorar desde distintas perspectivas. Mi mirada se nutre también del estudio de la teoría polivagal y del enfoque somático, territorios que me enseñaron a leer el cuerpo como una historia viva, un mapa de vínculos, memorias y posibilidades.
Los pilares que me impulsan son el estudio del movimiento, la teoría polivagal y la exploración somática. Mi intención no es enseñar posturas, sino acompañar procesos de empoderamiento: volver a sentir, habitar y confiar en la inteligencia que ya nos habita. Cuando aprendes a habitar tu cuerpo sin juicio y desde el amor compasivo, es cuando por fin vuelves a sentirte en Casa de nuevo.
Meditar es aprender a ser amable con uno mismo. Estar con lo que hay sin juzgarnos por ello.
Desde 2019 estudio y practico estos enfoques, formándome con la Fundación Radika en teoría polivagal y Somatic Experiencing. Soy licenciado en Comunicación Audiovisual y actualmente curso el grado en Psicología. A día de hoy, Ty Landrum, Julia Napier, Deb Dana, Peter Levine o Mark Epstein, son quienes inspiran mi práctica y mi forma de acompañar procesos tanto somáticos como espirituales.
Hoy dirijo Espacio 3, un lugar de práctica y encuentro, donde ofrezco sesiones privadas, aunque también propongo talleres por distintas shalas de España.
El yoga es, para mí, una forma de recordar. De volver a la fuente de la que procedemos, al pulso que nos sostiene incluso cuando nos olvidamos de sentirlo. En la práctica, el cuerpo se convierte en territorio sagrado: un espacio donde la respiración se vuelve consciente, el movimiento se convierte en forma de expresión y la conciencia puede reconocerse a sí misma. Considero el cuerpo no como un obstáculo, sino como una puerta. A través del movimiento, el silencio y la atención, el yoga nos devuelve a la experiencia de unidad: la que habita bajo capas y capas de creencias, de historias y de pensamientos.